Boho en la ciudad: 5 looks urbanos con alma bohemia — moda boho de la tienda Boho Chic

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Boho en la ciudad: 5 looks urbanos con alma bohemia

De paseo por la ciudad con alma bohemia (y sin sudar como en el desierto)

Os juro que hay días que la ciudad me parece un túnel. De esos en los que te pones los auriculares, aceleras el paso y sueñas con estar en ese running por senderos con hierba que te roza los tobillos. Pero como eso no siempre es posible, he descubierto que el boho urbano es mi salvavidas: roza lo libre sin parecer que voy a una fiesta de pijamas. ¿Mi truco cuando aprieta el calor? El lino en tonos arena sobre la piel —esa textura que respira como si supiera que necesito seguridad—. El truco extra: un fleco que baila con el viento como si supiera que merezco un paisaje bonito.

Lo probé con el [vestido tier dye azul y blanco](15.64 EUR) que me compré aquel verano en la playa de San Sebastián. Lo llevaba con unas sandalias de tiras negras (las mías son de piel de cabrito, sí, me gasto en suelas aunque el vestido sea de rebajas) y una chaqueta vaquera atada a la cintura como si fuera un farolillo colgado del paseo marítimo. El azul del vestido es el tono exacto que pega con mi café matutino y el blanco dibuja rayas que me recuerdan al movimiento de las olas. Eso sí, os advierto: el tie dye en la ciudad no perdona. Si queréis que no os miren con cara de ‘esta está perdida’, que la falda del vestido no quede demasiado larga y rematad con algún accesorio metálico. Yo llevo unos aros de plata oxidada que hacen clic cada vez que giro la cabeza.

Me he dado cuenta de que el boho urbano funciona mejor cuando elige un solo elemento que estalle. Por ejemplo, ese mismo día una mujer me detuvo en la calle para preguntarme si el vestido lo había comprado en un mercado de Marrakech (amablemente le dije que en España, pero interiormente me sentí como una princesa bereber). Moraleja: si compráis algo con raíces étnicas o un tie dye, que sea el foco, no la suma de cada costura.

Noches seguras: cuando el brillo boho se cuela en tu agenda del miércoles

Recuerdo la primera vez que llevé un vestido de fiesta al trabajo. No era una fiesta, era una cena de departamento, pero yo me había empeñado en ponerleme glamour urbanita —admitámoslo, soy team glitter de los domingos— y al final terminé en el metro con un vestido que me bailaba como si fuera el espectador de su propio musical. Menos mal que tengo al Luis, mi compañero de piso, que me salvó con un insight: “Lucía, el boho elegante no necesita ser incómodo”.

Ahí entra el [vestido azul sin mangas y estampado de hojas](9.22 EUR) que guardo como oro en paño. Es un turquesa dulce, como el azul del mar antes de que le sople el viento. Las hojas de su estampado son pequeñas, casi imperceptibles, como las que pintan los niños cuando les piden que dibujen un bosque. Lo combiné con un cárdigan oversize en crudo que encontré en un mercadillo de Lavapiés (sí, huele a naftalina y a secretos compartidos) y unas bailarinas de charol negro que compré hace años y que aún aguanta media ciudad.

El truco boho no está en vestirte de gitana, sino en mezclar lo que parece complicado con lo que es tu paz. Por ejemplo: el cárdigan arriba con los flecos del vestido colgando por debajo. Sujeté el pelo en un moño alto con dos lápices de madera que me regaló mi abuela y completé el look con unos pendientes de madera tallados a mano. La luz de la cafetería donde cenamos con los clientes era dorada esa noche, y cuando me miro en el reflejo del cristal, veo el azul del vestidito danzando, como si supiera que esa cena merecía vestirse de algodón egipcio.

¿Lo más importante? El confort no es traición al estilo. Si ese vestido brillante que te han regalado para una boda no se sube a tu cuerpo como un abrazo, mejor déjalo para otra vida.

El secreto sucio del boho urbano: los bolsillos que lo cambian todo

Os voy a contar algo que rara vez digo en voz alta: me encanta un bolsillo grande cuando estoy en la ciudad. No sé si es cosa de las hormonas, del cariño que le tengo a lo práctico o de que algún día se me cayó la cartera en medio de Gran Vía un sábado a las tres de la tarde. Pero desde entonces, botas con cremallera, jeans con bolsillos laterales y, sobretodo, vestidos maxi con bolsillos a la vista son lo que me salva el día.

Tomad por ejemplo ese [vestido maxi floral azul](17.22 EUR) que llevo colgado en el armario como un escudo contra la apatía. Es un azul profundo, como las olas del Cantábrico cuando se enfada, y las flores son diminutas, casi acuarela mal pintada, pero quedan bien. Lo combiné con unas botines de gamuza granate que combinan con el bolsillo de terciopelo del vestido —sí, el bolsillo tiene hasta forro interior— y una camiseta blanca de algodón orgánico que me dieron en un evento de yoga que terminé abandonando (no era mi rollo). Metí dentro la cartera, el móvil, las llaves, un hummus de los que venden en la tienda de alimentos a granel y —por si acaso— tres pares de medias enrolladas.

El resultado: podía pasear por el centro, mirar escaparates sin que el bolso me pesara como un grillete, y si me apetecía entrar en un café a escribir en el cuaderno de notas, lo tenía todo a mano. Además, el vestido brillaba un poco cuando caminaba, como si los bolsillos llevaran pliegue vitroso dentro. ¡Hasta los domingos por la tarde tienen su magia cuando llevas un vestido que fluye!

Moraleja de esta historia: el boho urbano no consiste en parecer un influencer que se baña en un jacuzzi, sino en encontrar el equilibrio entre lo que te hace sentir especial y lo que te hace sentir libre. Si os topáis con un vestido que tenga bolsillos, al menos uno visible, ya vais por buen camino. Eso sí, probadlo antes de salir: un bolsillo mal cosido os arruinará el día más rápido que un café frío.

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